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ISSN 1989-4163

NUMERO 97 - NOVIEMBRE 2018

Mis Bragas Nuevas, Símbolo de Valentía

Marina P. de Cabo

Envié a mi madre a Primark, exacto epicentro del mal, para que me comprara bragas. Se sucedían los días posteriores a la intervención y yo me encontraba todavía bastante dolorida. Mi madre no conduce, así que le dije a Alex que la acompañara. La enfermera me había quitado los puntos un par de días atrás, mientras elogiaba la boca sonriente que el bisturí había dibujado con osadía en mi vientre, esas fauces que habían escupido a mi hija al mundo, cubierta de sangre y vérnix caseosa, deshecha en terror y llanto, mientras yo casi moría de miedo en el quirófano, miedo que combatía efectiva y valientemente mi marido con la espada de las palabras, de la mirada y del amor. Porque supongo que tener una familia consiste en parte en eso, en darse cuenta de que la autosuficiencia es un invento de este sistema vil y del propio orgullo, y que en ocasiones hay que delegar y necesitarse y confiar en el otro, porque algunas batallas son demasiado cruentas como para combatirlas en soledad, y porque la red social es una de las pocas cosas que deberíamos intentar que el neoliberalismo no nos arrebatara, a pesar de la tendencia individualista hacia la que hace tiempo que nos inclinamos.

Me dijo la enfermera que tenía que guardar la herida de mi cesárea en bragas de vieja, de esas espantosas y enormes que llegan hasta la cintura. Decidí conservar algo de dignidad eligiéndolas sobrias y de color negro. Mi madre siguió mis instrucciones y fue al mismo eje del averno, el centro comercial que construyeron al lado del poblado gitano que en las últimas semanas están demoliendo para engrosar el problema alejándolo de la civilización respetable. Me compró ocho bragas de vieja, negras, enormes, horrendas, de algodón, por 7€.

Ahora, las bragas de vieja envuelven y arropan mi vientre, que se va deshinchando poco a poco conforme transcurre el tiempo y se esfuma la módica pesadilla vivida en el hospital, que a día de hoy parece más sueño que recuerdo.

Así que camino por el pasillo de casa ataviada con esa espeluznante prenda. Me detengo al pasar por el espejo de cuerpo entero, me bajo mis ancestrales bragas --amorosas, confortables-- y contemplo la amplia incisión cerrándose, alegre, en mi vientre, mientras me pregunto si toda sonrisa será, en parte, herida, si toda herida contendrá una sonrisa.

Y me gusta comprobar la verdad suprema que contienen mis especulaciones cuando mi marido se acerca y me besa en la boca y me dice que estoy buenísima, a pesar de las bragas baratas de vieja sin dientes y de la inevitable semejanza que hoy por hoy guarda mi cuerpo con un botijo. Porque la sonrisa-herida, e incluso mis nuevas bragas, son signos inequívocos del miedo superado, y en esta casa la valentía nos pone una barbaridad.

 


Bragas

 

 

 

 

 

 
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